1.  Tema: La Iglesia en discipulado misionero.  

La Iglesia nace en la Pascua por la acción del Espíritu Santo y por la fe en Jesús resucitado, según describen los Hechos de los Apóstoles (Hech 1-2). En el Evangelio encontramos los comienzos de la fraternidad de discípulos y discípulas convocados por Jesús. Comunidad que le acompaña, le sigue en el estilo de vida, y viven entregados a proclamar y realizar el Reino de Dios (Mt 4, 21-23). Ya desde un principio aparece claramente que la razón de ser y la dedicación primordial de la comunidad no es otra que estar al servicio del Reino de Dios, en la experiencia del Padre y en vivir entregados a la causa de los hombres en su salvación y humanización. La comunidad hace lo que ve hacer a Jesús, la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra (Jn 4, 34), el Reinado de Dios entre los hombres y mujeres, proyecto del Padre. El Reino lo es todo, vive para ello, lo muestra y hace presente en su propia persona. Lo evidencia en la comunidad fraterna de discípulos y discípulas, pues el proyecto de Dios es constituir una familia de toda la humanidad.

Así es la Iglesia desde sus orígenes, ser signo e instrumento del Reino de Dios. Viendo a la Iglesia, misterio de comunión, se vislumbra el Reino de Dios, y actuando y manifestándose como tal es instrumento hacia la unión de todo el género humano (LG 1; 4-5).

La Iglesia nació del discipulado, convocado por el Maestro. Fueron discípulos que iban con Él, le amaban y aprendían en la convivencia diaria, en los recorridos de pueblo en pueblo, en las conversaciones y preguntas, enseñándoles con explicaciones sacadas de la vida y de las Escrituras de Israel (Mc 4, 34). Encomendó al Espíritu Santo llevarles a la verdad plena y explicarles el futuro (Jn 16, 13), "Tengo muchas cosas que deciros todavía, pero ahora no podéis con ello" (Jn 16, 12). Posteriormente, el Espíritu realiza lo mismo con Pedro y Pablo al anunciar a Jesús y crear las Iglesia como fruto de la misión (Hech 11,11-14; 13,2; 16,7).

Aprendieron la misión en la vida. Jesús era misionero, "consagrado por el Padre y enviado al mundo" (Jn 10, 36). Con él hicieron una misión colegiada, haciendo presente el Reino a la vez que lo enseñaban y lo mostraban. Su vida era praxis de Reino y de misión, y la misión era su misma vida. Así se forjaron apóstoles y misioneros, enviados por Jesús con la fuerza del Espíritu Santo (Jn 20, 21-22). Misioneros que conjugaron admirablemente la escucha y el anuncio, el discipulado y la misión. Tal equilibrio y plenitud, don del Espíritu, lo vieron en Jesús oyente del Padre, lo asumieron como hombres y mujeres, como creaturas ante Dios y como siervos e hijos del Padre, siempre dispuestos a realizar su proyecto sobre la Humanidad.

Siguieron aprendiendo colegiadamente así lo vemos en la comunidad de Antioquía (Hech 11,19-26; 13,2-3), y en el Concilio de Jerusalén para emprender la misión a las naciones y resolver los problemas que se les planteaba. (Hech 15, 18-19).

La Iglesia hasta el día de hoy y por siempre sigue en discipulado y misión, por haber recibido en primer lugar el Evangelio con amor de creyente y haber dado frutos de conversión, comunidad y  salvación, mientras sigue cultivándolo amorosamente en el corazón. Tal actitud y estilo de vida genera calidad humana que muestra y comunica humanidad por donde pasa y vive; la misma humanidad, amor y benignidad de nuestro Salvador (Tit 3,4). Por ello la Iglesia es maestra y experta en humanidad.

Hoy la comunidad eclesial sigue identificándose con aquella fraternidad que acompañaba a Jesús y con las primeras comunidades del Nuevo Testamento, en especial Jerusalén y Antioquía, paradigmas de evangelización en permanente escucha del Espíritu Santo y de los pueblos en los que vivían. Son muchos y variados los signos de vida y novedad que el Espíritu suscita en el mundo y a través de los cuales el Espíritu provoca a la Iglesia a la misión y a la permanente escucha de lo que Él mismo obra en el mundo. El Espíritu la capacita en libertad, discernimiento y valentía para cooperar a los caminos salvíficos de Dios en el mundo.
 He aquí una actitud esencial a la comunidad misionera impregnada en todo su ser, instituciones y servicios, del Espíritu del Señor Resucitado que obra en ella la docilidad al designio amoroso de Dios, la empatía, bondad y confianza en los hombres y mujeres de hoy. Fidelidad a su ser misionero, por lo mismo a su identidad, transida de humanidad y de Dios. Cuanto es más Jesús entre los hombres y mujeres, tanto más receptiva, amigable y dialogante es con ellos.
 Así la comunidad eclesial da a conocer y promueve el amor a Jesús, compartiendo la experiencia que de él tiene. Experiencia que cautiva, humaniza y hace personas con pasión de Dios y entusiasmo de fraternidad y familia de Dios, Padre de todos.